Dedicado a Ana Campos Alvarez (no se me olvida que te debo uno propio) y Laura Vazquez Toledo. Va, y a Don Antonio Gabriel Ruiz Chopitea, que luego se me pone celoson :P
—Espera un momento, Geralt —comenzó el poeta, mirando alrededor y carraspeando—. No te des tanta prisa en volver al campamento. Queremos estar aquí, en privado, hablar contigo, yo y Milva. Se trata de... bueno, de Regis.
—Ajá. —El brujo depositó en el suelo un brazado de leña—. ¿Habéis comenzado a tener miedo de él? Ya era hora.
—Cállate. —Jaskier enarcó las cejas—. Lo hemos aceptado como compañero, nos ofreció apoyo para buscar a Ciri. Me sacó el cuello de la soga, eso no lo olvidaré. Pero, joder, sentimos algo parecido al miedo. ¿Te extrañas? Toda la vida has perseguido y matado a tales como él.
—A él no lo he matado. Ni tengo intenciones. ¿Te basta esa declaración? Si no, aunque la pena me encoge el corazón, no me siento capaz de curar los estados de miedo. Es paradójico, pero entre nosotros el único que sabe de curar es precisamente él, Regis.
—Te dije que te callaras. —El trovador se puso nervioso—. No estás hablando con Yennefer, ahórrate y ahórranos tu retorcida elocuencia. Responde directamente a preguntas directas.
—Haz las preguntas. Sin retorcida elocuencia.
—Regis es un vampiro. No es un secreto de lo que se alimentan los vampiros. ¿Qué va a pasar si tiene hambre de verdad? Sí, hemos visto cómo comía sopa de pescado, desde entonces come y bebe con nosotros, totalmente normal, como cada uno de nosotros. Pero... pero, ¿va a ser capaz de controlar su deseo...? Geralt, pero, ¿es que te voy a tener que tirar de la lengua?
—Controló su deseo de sangre, aunque estaba cerca, cuando la sangre te corría por la cabeza. Cuando te vendó ni siquiera se lamió los dedos. Y entonces, durante la luna llena, cuando nos emborrachamos con su orujo de mandrágora y dormimos en su choza, tuvo una estupenda ocasión de pillarnos. ¿Has mirado si tienes alguna señal en tu cuello de cisne?
—No te burles, brujo —bufó Milva—. Que tú más de vamperos sabes que nosotros. Te burlas de Jaskier, mas a mí me has de responder. Yo me crié en los montes, a la escuela no fui, soy una ignoranta. Y pos no es culpa mía, no es de recibo el hacer mofa. Yo, vergüenza da el decillo, también tengo una miaja de miedo del tal... Regis.
—Y no sin motivo. —Él asintió con la cabeza—. Es uno de los llamados vampiros superiores. Extraordinariamente peligroso. Si fuera nuestro enemigo, yo también tendría miedo. Pero, diablos, él, por causas que no conozco, es nuestro compañero. Ahora nos está conduciendo a Caed Dhu, a ver a los druidas que pueden ayudarme a encontrar información sobre Ciri. Estoy desesperado, así que quiero probar esta oportunidad, no renuncio a ello. Y por ello acepto su vampírica compañía.
—¿Sólo por ello?
—No —repuso con una leve resistencia, pero al fin se decidió a ser sin-cero—. No sólo. Él... él se comporta como es debido. En el campamento del Jotla, durante el juicio de la muchacha, no vaciló en actuar. Aunque sabía que esto lo desenmascararía.
—Tomó una herradura al rojo del fuego —recordó Jaskier—. Puff, durante algunos minutos la sujetó en la mano y ni siquiera frunció el ceño.
Ninguno de nosotros hubiera conseguido repetir ese truco, ni siquiera con una patata asada.
—Es insensible al fuego.
—¿Qué más puede hacer?
—Puede, cuando quiere, hacerse invisible. Puede hipnotizar con la mirada, producir un sueño profundo, lo hizo con los guardias en el campamento de Vissegerd. Tomar forma de murciélago y volar como un murciélago. Pienso que puede hacer estas cosas sólo de noche y sólo durante la luna llena. Pero puedo equivocarme. Ya me ha sorprendido unas cuantas veces, puede que tenga todavía algo más en la manga. Sospecho que él es extraordinario hasta para los vampiros. Consigue parecer humano perfectamente, y ello desde hace años. A los perros y los caballos, que podrían percibir su verdadera naturaleza, les engaña el olor a hierbas que lleva siempre consigo. Pero mi medallón tampoco reacciona ante él, y debería hacerlo. Repito que no se le puede medir con una medida normal. Lo demás, preguntádselo a él. Es nuestro camarada. No debería haber entre nosotros reticencias ni mucho menos desconfianzas ni reservas mutuas. Volvamos al campamento. Ayudadme con la leña.
—¿Geralt?
—Dime, Jaskier.
—Si... Bueno, pregunto teóricamente... Si...
—No lo sé —respondió honrada y sinceramente—. No sé si conseguiría matarlo. De verdad que preferiría no tener que probarlo.
Jaskier se tomó muy en serio el consejo del brujo, decidió aclarar las con-fusiones y deshacer las dudas. Lo hizo en cuanto se pusieron en camino. Lo hizo con el tacto que era tan suyo.
—¡Milva! —gritó de pronto durante el viaje, mirando de reojo al vampiro—. Podrías ir por delante con tu arco, y pegarle un flechazo a algún cervato o a algún puerco. Ya estoy harto, joder, de moras y setas, de peces y almejas de río. Me comería, para variar, un cacho de carne de verdad. ¿Qué dices a eso, Regis?
—¿Dime? —El vampiro alzó la cabeza por encima del cuello del caballo.
—¡Carne! —repitió con énfasis el poeta—. Estoy animando a Milva a cazar algo. ¿Te comerías carne fresca?
—Me la comería.
—¿Y sangre, beberías sangre fresca?
—¿Sangre? —Regis tragó saliva—. No. Si se trata de sangre, no. Pero si vosotros tenéis ganas, no os sintáis incómodos.
Geralt, Milva y Cahir guardaron un silencio pesado, de tumba.
—Sé de lo que se trata, Jaskier —dijo despacio Regis—. Y permite que te tranquilice. Soy un vampiro, cierto. Pero no bebo sangre.
El silencio se hizo pesado como el plomo. Pero Jaskier no sería Jaskier si también hubiera callado.
—Creo que me has entendido mal —dijo en apariencia despreocupado—. No me refiero a...
—Yo no bebo sangre —le interrumpió Regis—. Desde hace mucho. He perdido el hábito.
—¿Cómo es eso de que has perdido el hábito?
—Pues lo normal.
—De verdad que no lo entiendo. —Disculpa. Se trata de un asunto privado.
—Pero...
—Jaskier. —El brujo no aguantó, se dio la vuelta en la silla—. Regis te acaba de decir que te vayas a la mierda. Sólo que lo expresó más cortésmente. Así que sé cortés y cierra por fin el pico.
Sin embargo, la semilla de la inseguridad y la intranquilidad echó raíces y creció. Cuando se detuvieron para pasar la noche, la atmósfera seguía siendo pesada y tensa, no la descargó ni siquiera el ganso negro, gordo, de casi ocho libras, que cazó Milva junto al río. Lo cubrieron de barro, lo asaron y se lo comieron, devorándolo hasta los huesos, sin dejar ni la migaja más pequeña. Mataron el hambre, pero la intranquilidad persistió. La conversación no cuajaba, pese a los titánicos esfuerzos de Jaskier. La cháchara del poeta se convirtió en monólogo, de forma tan evidente que él mismo acabó por darse cuenta y se calló. Sólo el crujido de los caballos al masticar la paja alteraba el silencio de cementerio que reinaba junto al fuego.
Pese a lo tarde que era, ninguno parecía proclive a irse a dormir. Milva calentaba agua en una cacerola colgada sobre el fuego y enderezaba con vapor las penas de las flechas que se habían arrugado. Cahir reparaba la hebilla rota de una bota. Geralt estaba labrando un palo. Y Regis pasaba los ojos de uno a otro alternativamente.
—Bueno, está bien —dijo por fin—. Veo que es inevitable. Parece que hace ya mucho que debería haberos aclarado ciertos asuntos...
—Nadie te lo exige. —Geralt echó al fuego una estaca larga y esmeradamente labrada—. Yo no necesito tus aclaraciones. Soy un tío pasado de moda, cuando le doy la mano a alguien y lo acepto como compañero significa más para mí que un contrato firmado en presencia de un notario.
—Yo también soy un antiguo —habló Cahir, todavía inclinado sobre la bota.
—Y yo otras maneras no sé —dijo Milva seca, mientras introducía una nueva flecha en el vapor que surgía de la cacerola.
—No te preocupes por la charla de Jaskier —añadió el brujo—. Él es así. A nosotros no te tienes ni que explicar ni que confesar. Tampoco nosotros nos hemos confesado.
—Imagino, sin embargo —el vampiro sonrió levemente—, que querréis escuchar lo que tengo que decir sin que esté obligado. Siento la necesidad de ser sincero hacia las personas a las cuales tiendo la mano y acepto como compañeros.
Esta vez no habló nadie.
—Es necesario comenzar diciendo —dijo al cabo Regís— que todos los miedos relacionados con mi naturaleza vampírica son completamente infundados. No me voy a lanzar sobre nadie, no me arrastraré por la noche para hundir los dientes en el cuello de un durmiente. Y no se trata sólo de mis compañeros, hacia los que tengo una relación que no está menos pasada de moda que otros pasados de moda aquí presentes. Yo no toco la sangre. Nunca. Me deshabitué de ella cuando se convirtió en un problema para mí. Un grave problema, que no me fue fácil resolver.
El problema —siguió al cabo— en realidad apareció y adoptó características peligrosas de una forma verdaderamente de manual. Ya en mis años jóvenes me gustaba... divertirme en buena compañía, no me diferenciaba al fin y al cabo en ello de la mayoría de mis coetáneos. Sabéis cómo es eso, también habéis sido jóvenes. Entre vosotros, sin embargo, existe un sistema de prohibiciones y límites: el poder paterno, los tutores, los superiores y los ancianos, las costumbres, al fin y al cabo. Entre nosotros no hay nada de eso. La juventud tiene completa libertad y usa de ello. Y crea sus propias formas de comportamiento, formas idiotas, se entiende, verdadera idiotez juvenil. ¿No bebes? ¡Pues vaya un vampiro que estás hecho! ¿No bebe? ¡Pues entonces no lo invites, que agua la fiesta! Yo no quería aguar la fiesta y la posibilidad de perder la aceptación de los compañeros me asustaba. Así que hubo fiesta. Jarana y retozo, libación y borrachera, cada luna llena volábamos a la aldea y bebíamos de donde caía. La calidad más asquerosa, el peor género de... humm... líquido. Nos daba igual de quién, con tal que fuera... hemoglobina... ¡Sin sangre no hay fiesta! Tampoco se tenían arrestos para entrarles a las vampiras si no se echaba un trago.
Regis se calló, se sumió en sus pensamientos. Nadie dijo nada. Geralt sintió que tenía unas ganas horribles de beber algo.
—Cada vez se hizo más salvaje —siguió el vampiro—. Y a medida que pasaba el tiempo, cada vez peor. A veces, cuando íbamos de juerga, no volvía en tres o cuatro noches a la cripta. Una cantidad en otro tiempo ridícula de... líquido me hacía perder el control, lo que no era obstáculo para seguir la fiesta. Los amigos, pues como amigos. Unos me contenían por amistad, así que me enfadé con ellos. Otros me animaban, me sacaban de la cripta para ir de juerga, bueno, ofrecían... objetos. Y se reían a mi costa.
Milva, que todavía estaba ocupada en arreglar las flechas deformadas, murmuró con rabia. Cahir terminó de reparar las botas y daba la impresión de que estaba durmiendo.
—Después —siguió Regis—, aparecieron síntomas alarmantes. La diversión y la compañía comenzaron a jugar un papel secundario. Observé que podía vivir sin ellos. Lo que se volvió suficiente y verdaderamente importante era la sangre, incluso bebiendo a solas...
—¿Y no te sentías mal al mirarte al espejo? —preguntó Jaskier.
—Yo no me reflejo en los espejos —contestó Regis tranquilo.
Guardó silencio durante un tiempo.
—Conocí a cierta... vampira. Pudo haber sido, lo fue incluso, algo importante. Dejé de hacer locuras. Pero no mucho tiempo. Me dejó. Y yo comencé a beber por duplicado. La tristeza, la desesperación, como sabéis, es una justificación perfecta. A todos les parece que lo comprenden. Incluso a mí me parecía que comprendía. Y simplemente amoldaba la teoría a la práctica. ¿Os estoy aburriendo? Ya termino. Comencé por fin a hacer cosas intolerables, totalmente inaceptables, como las que no hace ningún vampiro. Comencé a volar yendo borracho. Una de las noches, los muchachos me mandaron a por sangre a la aldea y yo erré a una muchacha que iba al pozo, del impulso me clavé en el brocal... Los aldeanos por poco no me apiolan, por suerte no sabían cómo hacerlo. Me agujerearon con estacas, me cortaron la cabeza, me rociaron con agua bendita y me enterraron. ¿Os imagináis cómo me sentía cuando me desperté?
—Lo imaginamos —dijo Milva, mientras contemplaba una flecha. Todos la miraron con una expresión extraña. La arquera carraspeó y volvió la cabeza. Regis sonrió ligeramente.
—Ya termino —dijo—. En la tumba tuve suficiente tiempo para reflexionar sobre mí mismo...
—¿Suficiente? —preguntó Geralt—. ¿Cuánto?
Regis le miró.
—¿Curiosidad profesional? Unos cincuenta años. Cuando me regeneré, decidí controlarme. No fue fácil, pero lo conseguí. Desde entonces no bebo.
—¿Nada? —Jaskier bostezó, pero la curiosidad le podía—. ¿Nada? ¿Nunca? Pero si...
—Jaskier. —Geralt alzó leves las cejas—. Contrólate. Y reflexiona. En silencio.
—Lo siento —bufó el poeta.
—No lo sientas —dijo, conciliador, el vampiro—. Y tú, Geralt, no lo reprendas. Comprendo su curiosidad. Yo, o por decir mejor, yo y mi mito, personificamos todos los temores humanos. Es difícil pedirle a un ser humano que se libre de sus miedos. Los miedos cumplen en la psicología humana un papel que no es menos importante que todos los otros estados emocionales. Una psique privada de miedos sería una psique lisiada.
—Imagínate —dijo Jaskier, recobrando su aplomo— que no me produces miedo. ¿Sería entonces un lisiado?
Geralt, por un instante, pensó que Regis le iba a mostrar los dientes y curar a Jaskier de su supuesta invalidez, pero se equivocaba. El vampiro no tenía inclinación hacia los gestos teatrales.
—Te he hablado de los miedos arraigados en la consciencia y en el subconsciente —aclaró tranquilo—. No te molestes por la metáfora, pero el cuervo no tiene miedo del abrigo y el sombrero que están colgados de un palo en cuanto rompe la aprensión y se aposenta sobre él. Pero en cuanto el viento agita el miedo, el pájaro reacciona huyendo.
—La reacción del cuervo se explica por la lucha por la vida —observó Cahir desde la oscuridad.
—Explica—bufó Milva—. No del miedo tiene miedo el cuervo, sino del hombre, que piedras tiene y con ellas le dispara.
—La lucha por la vida. —Geralt se acercó—. Sólo que en versión humana, no córvida. Gracias por las aclaraciones, Regis, las aceptamos en su totalidad. Pero no excaves en las profundidades del inconsciente humano. Milva tiene razón. Los motivos por los que las gentes reaccionan con terror pánico ante la vista de un vampiro sediento no son irracionales, sino que proceden del deseo de sobrevivir.
—Escuchamos la voz de un especialista. —El vampiro se inclinó levemente en su dirección—. Un profesional al que su orgullo profesional no le permitiría aceptar dinero por luchar contra miedos fantásticos. Un brujo que se respete sólo se lanza a la lucha con el mal que verdadera y directamente es una amenaza. Un profesional que por lo visto nos quiere explicar por qué el vampiro es un mal peor que el dragón o el lobo. Al fin y al cabo, estos últimos también tienen colmillos.
—Puede que sea porque estos últimos usan sus colmillos cuando tienen hambre o en defensa propia, pero nunca cuando desean diversión o precisan romper el hielo con los amigos o vencer su timidez para con el sexo opuesto.
—Los humanos no conocen esto —le paró al momento Regis—. Tú lo conoces desde hace mucho, el resto de la compaña desde hace tan sólo un momento. La mayoría de las personas están profundamente convencidas de que los vampiros no se divierten con la sangre sino que se alimentan de ella, exclusivamente de sangre y exclusivamente de sangre humana. Pero la sangre es un líquido vital, cuya pérdida se relaciona con la debilidad del organismo, de las fuerzas vitales. Entendedlo así: el ser que vierte nuestra sangre es nuestro enemigo mortal. Y el ser que acecha nuestra sangre porque se alimenta de ella es un ser doblemente malvado: incrementa su propia fuerza vital a costa de la nuestra, y para que su género se desarrolle, el nuestro debe extinguirse. Además, un ser de este tipo es asqueroso porque, aunque conocemos el valor vital de nuestra sangre, ella nos es repugnante. ¿Alguno de vosotros ha bebido alguna vez sangre? Lo dudo. Y hay personas que se marean o se caen tan sólo con ver la sangre. En algunas sociedades se tiene a las mujeres durante algunos días al mes por impuras y manchadas...
—Será entre los salvajes —le interrumpió Cahir—. Y marearse al ver la sangre supongo que sólo entre vosotros, norteños.
—Vamos por mal camino —el brujo alzó la cabeza—, damos tumbos desde un sencillo sendero hasta el bosque de una dudosa filosofía. ¿Piensas, Regis, que para los humanos sería diferente si supieran que no los tratáis como comida sino como si fueran una bodega? ¿Dónde ves tú aquí los miedos irracionales? Los vampiros extraen sangre de los humanos, ese hecho no es posible negarlo. Que el ser humano que es tratado por los vampiros como una damajuana de vodka pierdefuerzas también está claro. La persona, por así decirlo, seca, pierde la vitalidad definitivamente.
Por lo general, muere. Perdona, pero el miedo a la muerte no se puede meter en el mismo saco que la aprensión hacia la sangre. Menstrual u otra.
—Habláis tan de listeras que la testa me da vueltas —bufó Milva—. Mas también todas estas sabidurías no tratan más que de lo que tienen las mozas bajo el halda. Filósofos de mierda.
—Dejemos por un momento la simbología de la sangre —dijo Regís—. Porque es cierto que aquí los mitos tienen una cierta base en los hechos. Concentrémonos en los mitos que no tienen base factual y sin embargo están muy extendidos. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que el que sea mordido por un vampiro, si sobrevive, habrá de convertirse él mismo en un vampiro. ¿Cierto?
—Cierto —dijo Jaskier—. Había un romance...
—¿Conoces las bases de la aritmética?
—He estudiado las siete artes liberales. Y mi diploma lo conseguí con
summa cum laude.
—En vuestro mundo, después de la Conjunción de las Esferas, quedaron unos mil doscientos vampiros superiores. Los que mantienen una completa abstinencia, porque aparte de mí no son pocos, se equilibran con la cifra de los que beben por encima de la media, como yo en otro tiempo. Tomemos como media el que un vampiro estadístico beba en cada luna llena, porque la luna llena es para nosotros una fiesta que solemos... mojar. Llevemos la cosa al calendario humano y aceptando doce lunas llenas al año, nos sale la cifra teórica de catorce mil personas mordidas al año. Desde la Conjunción, si contamos de nuevo según el calendario humano, han pasado unos mil quinientos años. El resultado de una simple multiplicación nos muestra que en este momento en el mundo deberían teóricamente existir veintiún millones seiscientos mil vampiros. Si a esa cuenta le añadimos el crecimiento geométrico de...
—Basta —suspiró Jaskier—. No tengo aquí un ábaco, pero me imagino la cifra. O mejor dicho, no me la imagino. Lo que quiere decir que el contagio del vampirismo es una tontería y un fantasía.
—Gracias. —Regis hizo una reverencia—. Pasemos al siguiente mito, que reza: el vampiro es un ser humano que murió, pero no del todo. No se pudre en la tumba ni se convierte en cenizas. Yace en la tumba fresquito y coloradote, listo para salir y morder. ¿De dónde surge tal mito si no es de vuestro miedo inconsciente e irracional ante los venerables difuntos? Rodeáis a los muertos de veneración y recuerdo, soñáis con la inmortalidad, en vuestros mitos y leyendas cada dos por tres alguien resucita, vence a la muerte. Pero si vuestro venerable bisabuelo difunto de pronto saliera de verdad de la tumba y os pidiera una cerveza, os acometería el pánico. Y no me extraña. La materia orgánica en la que se han detenido los proceso vitales sufre una degradación de formas poco agradables. Apesta, se deshace en una substancia pegajosa. El espíritu inmortal, un elemento indispensable de vuestros mitos, arroja con asco la maloliente carroña y echa a volar. Es limpio, se lo puede honrar tranquilamente. Sin embargo, imaginasteis también una clase de espíritu repugnante, que no vuela, no abandona el cadáver, bah, ni siquiera apesta. ¡Esto es asqueroso y antinatural! Un muerto vivo es para vosotros la más asquerosa de todas las repugnantes anomalías. Algún tarado inventó incluso para nosotros el término «no muerto», con el que nos regaláis tan a menudo.
—Los humanos —Geralt sonrió un poco— son una raza primitiva y supersticiosa. Para ellos es difícil entender por completo y denominar correctamente a un ser que resucita, aunque le hayan agujereado con estacas, cortado la cabeza y enterrado cincuenta años bajo tierra.
—Cierto, difícil, verdaderamente. —La mofa no afectó al vampiro—. Vuestra raza mutante regenera las uñas, los cabellos y la epidermis, pero es incapaz de aceptar el hecho de que existen razas que son más perfectas en este aspecto. Sin embargo, esta incapacidad no surge del primitivismo. Antes al contrario: del egocentrismo y la convicción de la propia perfección. En fin, si algo es más perfecto que vosotros, debe ser una aberración repugnante. Y a las aberraciones repugnantes se las añade a los mitos. Con ánimo sociológico.
—Una puta mierda entiendo de to lo que habláis —reconoció Milva con tranquilidad, retirándose los cabellos de la frente con el asta de una fle-cha—. Algo entiendo que de cuentos habláis, y los cuentos también yo los conozco, maguer no sea más que una tonta mozalla del bosque. Más mi asombra que tú, Regis, miedo alguno del sol tengas. En los cuentos siempre el sol prendía al vampiro y lo volvía cenizas. ¿He de meter esto también entre los cuentos?
—Lo que más —confirmó Regis—. Creéis que el vampiro sólo es peligroso de noche, que los primeros rayos lo convierten en polvo. En la base del mito, creado al lado de los primeros fuegos, yace vuestra solaridad, es decir, vuestro amor por el calor y el ritmo diario que obliga a la actividad diurna. La noche es para vosotros fría, oscura, malvada, amenazadora, llena de peligros, la salida del sol sin embargo significa una nueva victoria en la lucha por la supervivencia, un nuevo día, la continuación de la existencia. La luz del sol otorga claridad y calor, los rayos del sol que os dan la vida han de traer la destrucción para los monstruos enemigos vuestros. El vampiro se convierte en cenizas, el troll se petrifica, el hombre lobo se deslobiza, el duende desaparece tapándose los ojos. Las bestias nocturnas regresan a su guarida y dejan de amenazaros. Hasta la puesta de sol el mundo os pertenece. Lo repito y lo subrayo: el mito se creó junto a los fuegos de campamento prehistóricos. Hoy día es sólo un mito, porque ilumináis y calentáis vuestros habitáculos. Aunque todavía os gobierna el ritmo solar, habéis conseguido anexionaros la noche. Nosotros, los vampiros superiores, también hemos salido algo de nuestras criptas primigenias. Nos hemos anexionado el día. La analogía es completa. ¿Te satisface la explicación, Milva?
—No mucho. —La arquera arrojó la flecha—. Mas creo que lo entendí. Aprendo. Sociología, activicía, tuturutucía, lobotía. Dicen que en las escuelas dan con un palo. Con vosotros estudiar es más deleitoso. Puede que duela la camocha, pero el culo está entero.
—Una cosa no ofrece duda y es fácil de advertir —dijo Jaskier—. Los rayos del sol no te convierten en cenizas, Regis, el calor solar tiene tan poca influencia sobre ti como aquella herradura ardiente que graciosamente sacaste del fuego con la mano desnuda. Volviendo sin embargo a tu analogía, para nosotros, los humanos, el día seguirá siendo siempre la fase natural de actividad y la noche la hora natural para dormir. Tal es nuestra constitución física que de día, por ejemplo, vemos mejor que por la noche. Una excepción es Geralt, que siempre ve igual de bien, pero él es un mutante. ¿En el caso de los vampiros se trata también de un asunto de mutación?
—Se puede llamar así —aceptó Regis—. Aunque considero que una mutación que se extiende durante un tiempo suficientemente largo deja de ser una mutación y se convierte en evolución. Pero lo que has dicho de la constitución física es acertado. La adaptación al mundo solar constituyó para nosotros una triste necesidad. Para perdurar tuvimos que asemejarnos en este aspecto a los humanos. Mímica, diría yo. Que tuvo, al fin y al cabo, sus consecuencias. Por usar una metáfora: nos hemos tumbado en la cama junto a un enfermo.
—¿Cómo?
—Hay argumentos para sospechar que la luz del sol es mortal a la larga. Existe una teoría que dice que dentro de unos cinco mil años, como mucho, este mundo sólo será habitado por seres lunares, activos por la noche.
—Me alegro de no vivir para verlo —suspiró Cahir, después de lo cual bostezó con fuerza—. No sé a vosotros, pero a mí la acrecentada actividad diurna me recuerda precisamente la necesidad del descanso nocturno.
—A mí también —se le unió el brujo—. Y para la salida del mortal sol quedan ya sólo unas horillas. Antes de que el sol nos petrifique... Regis, en el marco de la ciencia y de la expansión del conocimiento, desentraña aún algún mito sobre los vampiros. Porque me apuesto que todavía te ha quedado alguno.
—Cierto. —El vampiro afirmó con la cabeza—. Todavía uno. El último pero no el menos importante. Es un mito que os han dictado vuestras fobias sexuales.
Cahir bufó por lo bajini.
—He dejado este mito para el final —Regis lo midió con los ojos— y yo mismo, con mucho tacto, no lo tocaría si no me hubiera retado Geralt, así que no os lo ahorraré. A los humanos lo que más miedo les produce tiene un contexto sexual. La virgen que se desmaya en el abrazo del vampiro que la está chupando, el jovenzuelo que está entregado a las repugnantes prácticas de las vampiras que yerran con sus bocas por todo su cuerpo. Así os lo imagináis. Una violación oral. El vampiro paraliza a la víctima con el miedo y la obliga al sexo oral. O más bien a una asquerosa parodia del sexo oral. Y un sexo así, que excluye toda posibilidad de procreación, es algo repugnante.
—Habla por ti —murmuró el brujo.
—Un acto que no es coronado por la procreación sino por el placer y la muerte —continuó Regis—. Hicisteis de ello un mito malvado. Vosotros mismos soñáis en vuestro inconsciente con algo así, pero os resistís a dárselo a vuestro compañero o compañera. Así que lo hace por vosotros el vampiro mitológico, creciendo así hasta convertirse en el fascinante símbolo del mal.
—¿Y no lo dije? —gritó Milva en el mismo instante en que Jaskier concluyó de explicarle lo que quería decir Regis—. ¡Na más que eso! ¡Comienzan con sapiencias y terminan siempre con culos!
(Andrzej Sapkowski, BAUTISMO DE FUEGO)